Esa tarde fue distinta. Muchísimas coincidencias para asociarlas a una simple casualidad.
Las distancias digitales eran mucho mayores a nuestras distancias físicas.
Creía que no vendrías.
Observaba el reloj. 10 minutos. 20 minutos. 30 minutos. 40 minutos.
En una de las galerías observé las fotografías de ese fotógrafo de pacotilla.
Observé los juegos de mesa en la esquina de esa habitación.
Y no venías.
Hasta que lo hiciste.
No fue la magia que solía asociar en las historias románticas y fantásticas que siempre he leído.
Fue algo peor: reconocimiento.
Disonancia cognitiva.
Dulce. Tierna. No la reencarnación de Agatha Christie.
Humana.
No recuerdo exactamente tu rostro (días después me lo recordaste).
Aunque hasta ese momento aún no lo sabía.
La flor.
La constante áurea.
Nerviosismo.
Café.
Schopenhauer.
Demasiado en tan poco tiempo.
Similar trayectoria de vida.
Mismo diagnóstico.
Un tropiezo gracioso.
Una confesión casual de mis historias trágicas.
Un abrazo incómodo.
La flor haciendo un cameo al final.
Dos cartas finales.
Todo y nada.
Adiós.
O hasta que las geometrías funcionen.
